Crítica: The Bang Bang Club

Por: Natalia Lizarazo

Crítica: The Bang Bang Club

Muchas de las fotos de los sangrientos meses finales del apartheid fueron tomadas por cuatro fotógrafos conocidos como “The Bang Bang Club”, pues su voluntad de arriesgarse a la muerte les permitía obtener grandes capturas. Dos de ellos se hicieron merecedores del premio Pulitzer. Valientes, temerarios o arrogantes, no sé bien cuál palabra les describe con más precisión.

Cuatro fotógrafos, todos ellos blancos, disparan sus cámaras en medio de fuertes tensiones entre grupos de negros que se atacan unos a otros, o es lo que puede apreciarse. Pero, ¿por qué los negros ignoran en gran medida a estos blancos en medio de ellos? ¿Por qué está su atención tan concentrada en enemigos del mismo color? Los fotógrafos, en repetidas ocasiones, sólo sostienen sus cámaras, y reiterativamente dicen “¡prensa!”, como si ello fuese a resolver todo, y bueno, casi siempre lo hace. En 1994, la minoría blanca seguía involucrada en la lucha contra las manifestaciones de la multitud negra, pero casi todos los combates fotografiados por el Bang Bang Club eran de “negro contra negro”. El sinsabor que me dejó el hecho de no haber visto más señales del apartheid es casi similar a las enseñanzas que pudo otorgarme el filme. Cuatro fotógrafos con ínfulas de inmortalidad, buscan entre balas y sangre, capturar los mejores encuadres a toda costa, pero ¿estos cuatro hombres nunca tuvieron largas discusiones acerca de la situación de Sudáfrica y el apartheid mismo? Estoy segura de que sí, pero no hay mucho de ello en la película. ¿Fueron sus fotos destinadas a fortalecer o debilitar el gobierno? Tampoco hay mucho de ello al respecto. A ellos, más allá de su pasión por la fotografía, les interesaba el dinero y la gloria, nutrirse de adrenalina. Para ellos, de algún modo, la realidad del apartheid fue sólo una sesión de fotos. Más tarde dos de ellos se rotarían por todo el Oriente Próximo, como quien cambia de estudio.

Bueno, ese es su trabajo, su oficio y su pasión. Sin embargo, elude la pregunta: ¿Cuál es su inversión como seres humanos? Kevin Carter toma una desgarradora fotografía. La imagen gana el Premio Pulitzer. En rueda de prensa se le pregunta qué le pasó a la chica. Él no lo sabe. ¿No se hace nada para ayudarla? No. Este es un dilema universal de los periodistas en la cara de la tragedia. ¿Cuántos de ellos ahuyentarán al buitre y socorrerán a la niña? ¿Cuántos tomarán la fotografía?. La película plantea la cuestión pero no ofrece ninguna respuesta. Tal vez no la hay, o es tristemente obvia. Pero es entonces cuando viene el sinsabor. ¿Qué enseñanza me aportaron cuatro periodistas gráficos de guerra con las caracterizaciones que he planteado? Estoy segura de que prefiero comprender una situación política y su trasfondo, y empaparme en documentación, soportando la aflicción de la distancia que me aparta del lugar de los hechos antes de vender una imagen sobre una guerra de la que no tengo seguridad de por qué inició y por qué aún no termina. Arriesgar la vida para mostrar una realidad es un acto heróico, pero cuán insolente es mostrar una realidad sin la conciencia necesaria para hacerlo, no lo sé. No siento que los cuatro fotógrafos desempeñasen la labor de un reportero de guerra adecuadamente. No es sólo cuestión de disparar una cámara en tiempos difíciles, ni es sólo asegurarse de no morir en el intento. Digamos entonces, que la mayor enseñanza que me dejó el filme, fue justamente no repetir las acciones de los fotógrafos del Bang Bang Club, o hacerlo con deliberación, la necesaria en tiempos de guerra.

The Bang Bang Club parece curiosamente ajena a Sudáfrica en su conjunto. Si esta fuera la única película sobre esa nación, quien la viese resultaría menos informado de lo que estaba antes. Sólo nos resta recordar a cuatro hombres que tuvieron algunos tiempos buenos y otros no tanto. Pero al final del día, la gran historia no era suya. Bang bang.

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