Reflexiones: El Príncipe de Maquiavelo y su vigencia en la actualidad

Por: Natalia Lizarazo

La primigenia sinrazón de la política expresada en El Príncipe que la considera como la retórica de la soberanía para seducir al pueblo con el propósito de la conservación y el incremento del poder de un Estado, ha generado, bajo mi perspectiva (y muy seguramente bajo la de cualquiera que tenga sus cinco sentidos exactos), una lamentable y confusa escisión conceptual entre el bien común y justamente, la política, pues si bien en la obra se expresa que un Estado velará por el bien colectivo y la libertad de los gobernados, ello se justifica en que tales acciones repercuten directamente en el bien individual de un gobernante, es así que el bien común se convierte en un requisito lógico para llegar al otro. Y en tanto la preocupación por el bien de los gobernados radique únicamente en una táctica de prerrogativa para el príncipe, el sometimiento encabezará la lista de palabras recurrentes para definir a una nación.

Al expresar Maquiavelo que el príncipe no tiene motivo alguno de cumplir con su palabra y puede romper pactos, justificándose en el visceral argumento de que la religión es un elemento amortiguador de los ánimos de los gobernados, que la guerra es pilar fundamental para la firmeza y fortaleza de un Estado, que a toda costa debe generarse en los mismos gobernados un sentimiento de patriotismo, que tanto el bien como el mal pueden incurrir en el bien y al dar herramientas e instrumentos de dominación, formula una doctrina política trascendental, que acaso inoportunamente me parece meritoria de tener una validez universal, utilizada por un centenar de gobiernos en la actualidad.

Retomando el concepto de retórica, del cual seguiré asegurando es el pilar fundamental del “arte político”, debo precisar que nunca será el elemento definitivo de dominación, pues esta requiere de instrumentos intimidantes. Es entonces un claro ejemplo el descubrimiento y proceso de colonización española en América, el cual encierra la ética maquiavélica en su máxima expresión: si para conservar un Estado es necesaria la dominación, para adquirir soberanía en un territorio que se regía por sus propias leyes (o en su defecto no poseía) se hace indispensable destruirlo para después radicarse en él. Y es que, las carabelas españolas armadas hasta los dientes, cargadas de demonios y malos presagios, gustosas y ansiosas por oro, con impetuosos sueños de saqueo y estafa, y llenas de emisarios descarados del engaño y la trampa, contaban con un horizonte claro respecto a sus acciones en el Nuevo Continente, su diferencia con la lógica maquiavélica parte del hecho de que nunca se preocuparon por que los medios empleados pareciesen buenos, tal como Maquiavelo expresa debería propenderse.

Qué le queda al pueblo entonces más que la máscara de ignorancia que se le ha otorgado por siglos, qué le queda más que apologizar ciegamente a los que con su disfraz de benevolencia venden ideas sin columna, pero que son compradas con tanta facilidad. ¿Habrá entonces un día en que el juicio del pueblo desemboque en verdad y no en opinión? ¿Será entonces la patria no más que un eufemismo burdo, vil y barato para referirse simplemente a los pedazos de tierra que gobernantes hicieron suyos sólo por haber descubierto lo que nunca imaginaron, o por un golpe de fortuna, o por el deseo enfermizo de poder, o será quizá simplemente el concepto propagandístico más conveniente para que el pueblo gobernado siga alimentando al pez gordo?. El caso es que seguirá siendo usado como un recurso aparatoso para alimentar el discurso recurrente, que por cierto, funciona tan acertadamente en el país nuestro.

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